Todo estaba oscuro y con su mano buscó el cuerpo de él. Encontró su piel, la mano de él también la estaba buscando, pero no habían dicho nada. Ya sabían qué pasaba; ocurría noche sí y noche también.
Él salió de la cama, y al volver traía un vaso de agua para cada uno. Ella se lo agradeció infinitamente con la mirada, apenas podía hablar. Luego se volvieron a acostar, ella le acarició la cabeza, y se besaron. Se querían tanto que las palabras sobraban. ¿De qué servían esas palabras que intentan definir los sentimientos? ¿Limitarlos? De nada. Lo que importaba es lo que ella sentía y lo que le hacía sentir a él.
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Todos somos y nos convertimos en lo que pensamos, sentimos, hacemos y disfrutamos cada día. |
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro, y fue relajándose poco a poco, hasta que los latidos de él se hicieron imperceptibles. Se había dormido, y ahora podía pensar en la suerte que había tenido al conocerle. La verdad es que se había preocupado tanto por no quedarse sola en la vida, que había acabado con quien no debía. Y cuando dejó de buscar, fue cuando le encontró; una tarde de primavera. La suerte siempre había formado parte de su vida, pero nunca se había materializado tanto como cuando lo conoció a él.
Y bueno, lo que más le gustaba es que vivían el día a día. Sin pasado ni futuro. El ahora. No sabía cuánto duraría, pero tampoco perdía el tiempo intentando adivinarlo. Tenía su felicidad a unos centímetros, y podía abrazarla cada noche y cada día. ¿Qué más podía pedir?
Luna Plateada