domingo, 29 de diciembre de 2013

Hogar somos tú y yo

No hacía falta palabras. Ninguna. En cuanto le vio supo que algo iba mal, pero lo que necesitaba no era recordarlo, sino llorar. Dio unos pasos hasta él, y vio en sus ojos la profundidad de su dolor. Le agarró de la mano y lo llevó hasta la cama. Él parecía un cuerpo sin vida; se movía porque ella tiraba de él, y respiraba por inercia.
Le quitó la chaqueta, le dijo que se sentara en la cama y le quitó los zapatos. Él se acostó en la cama, mientras ella iba a coger una manta y pañuelos. Volvió a la habitación y colocó los pañuelos en la mesilla de noche. Se puso a su lado, y él apoyó su cabeza en su pecho. Estaba acurrucado junto a ella, mientras la abrazaba y ella le acariciaba el pelo. El silencio reinaba en aquella habitación.
La mano de ella se perdía entre el cabello de aquel hombre que de pronto se había convertido en un niño perdido. Pero ella estaba allí, a su lado, para acompañarle, apoyarle y cuidarle. 
Ella le tapó con la manta, y siguió acariciándole la cabeza. Aquello le relajaba, aunque su mente no paraba de pensar en otras cosas. Le besó la frente y le susurró dos palabras bonitas al oído; de esas que se guardan en secreto, que son sólo de esas dos personas.
Él la abrazó más fuerte y luego se incorporó un poco para besarla. Y le dio uno de esos besos en los que puedes quedarte a vivir para siempre. De esos besos cálidos y suaves que se graban en tus labios. Ella sonrió, y le mordió un poco el labio. 
Volvió a recostarse en su pecho, ensimismado con el latido del corazón de ella. Poco a poco se fue relajando, y durmiéndose. Ya no tenía más fuerzas y necesitaba descansar. Ella le miró con ternura, ensimismada. Contempló sus labios, y los acarició. Luego su nariz, sus orejas, su pelo, y finalmente, sus ojos; por los que asomaban lágrimas de cristal. Cogió un pañuelo y se las secó. Y siguió acariciándole, hasta que se reunió con él en sueños.
‘Estoy aquí pequeño, contigo.’
-¿Wall-e?
-¡Eeeeeeeeevaaa!
Luna Plateada


viernes, 25 de octubre de 2013

Su árbol

[29.10.11]
-No se ha movido de ese árbol desde que ella se fue. Haz algo, estoy preocupada.
-Pero, ¿qué puedo hacer yo? -dije esperando una respuesta que nunca llegó- Vale, lo intento, pero no te prometo nada.
Las tormentas hacen que los árboles tengan
raíces más profundas y fuertes
Dirigí mi mirada hacia aquel niño perdido. A ese inmenso árbol. A toda esa aura de tristeza que los rodeaba. Me recordaba a alguien.
-Hola -dije con una de las mejores sonrisas que pude darle.
Ni me miró. Es más, ni se inmutó. Sus ojos estaban vacíos, perdidos en el abismo de la desolación.
-¡Qué bonito y grande es este árbol! -dije intentando ganarme su atención.
Nada. No pasó nada. Ni se movió, ni me miró, ni se inmutó. Absolutamente nada.
Me agaché, y me puse a la altura de sus ojos. Eran tan profundos sus ojos, que me dio miedo. Un abismo que no comprendía.
Intenté tocarle, pero, se giró hacia al árbol, lo abrazó y dijo:
-Déjame en paz.
En ese momento lo comprendí. Comprendí por qué no se movía de aquel árbol. El árbol era lo único que le daba seguridad, y se aferraba a él como podía. Sus ojos delataban su interior, aún así, era difícil comprender por qué el árbol.
Me levanté en silencio, triste por las palabras de aquel niño indefenso. Le acaricié el pelo y me fui. No era a mí a quien esperaba.
Luna Plateada

jueves, 10 de octubre de 2013

Buenos días, Mundo

Contemplarle mientras no le miraba se había convertido en una de sus costumbres favoritas, en un hábito adictivo. 
Él estaba fregando los platos. Era lo que le tocaba; ella había cocinado y él tenía que fregar a cambio. Ella, mientras, lo observaba apoyada en el marco de la puerta. Le encantaba todo de él, y en esos momentos en los que podía contemplarle sin que se diera cuenta, se sentía la chica más afortunada del mundo. Todo lo que quería estaba en aquella cocina, en apenas seis metros cuadrados.
El chico estaba totalmente absorto en sus pensamientos, y ella se preguntaba en qué estaría pensando. ‘¿En qué se piensa mientras se friegan los platos?’ Se preguntaba a sí misma, en un intento por razonar esos posibles pensamientos, pero no pudo concentrarse, se despistaba contemplándolo a él. Era todo lo que podía pedir. Miento, todo y más. 
El agua corría sobre aquellos platos usados de felicidad, por aquellas manos fuertes y grandes de aquel chico que los cogía con confianza. ‘¿Es posible saber cómo es una persona por cómo friega los platos? ¿Si lo hace con desgana, con ánimo, con firmeza, con delicadeza…?’ Otra pregunta más que añadía a alguna lista mental para responderla más adelante. Ahora no podía concentrarse en eso.
Intentó recordar en qué momento había ocurrido todo, qué cambió en el mundo para que él estuviera ahí, haciéndola feliz y no en cualquiera otra parte del mundo, ajeno a esta realidad. ‘¿Casualidad? ¿Azar? ¿Destino?’ Eran otras preguntas más que añadió a aquella lista mental.
Ya estaba cansada de esperar, se dirigió hacia a él, y lo abrazó por detrás. Él no se extrañó nada, como si supiera que llevaba ahí todo el tiempo y estuviera esperándola. Y puede que así fuera, y la dejaba que le contemplara, porque sabía que le gustaba, como también le gustaba a él. Se secó las manos con un trapo, y se dio la vuelta. La rodeó con sus brazos, y le dio un beso en la frente. Entre ellos, no hacían falta palabras, todo estaba dicho. Por eso la mantuvo arropada con sus brazos hasta que ella se separó y le miró a los ojos:
-Me encanta cómo me miras – le dijo ella.
-¿Y cómo te miro? – preguntó él.
Ella se quedó callada, pensativa. No era capaz de expresar cómo era esa mirada. A él le encantaba hacerle ese tipo de preguntas. Quería saber qué es lo que se le pasaba por la cabeza a ella. 
A falta de palabras para expresar esa mirada, lo besó. Con uno de esos besos que no te permiten pensar, que concentran tanto que son imposibles de definir, limitar. Aquel beso respondía a la pregunta. 
-Me encanta cómo me besas – dijo él.
-¿Y cómo te beso? – preguntó ella.
Y así; así se construye una vida, un amor, un sueño. Con más preguntas que respuestas. Con más hechos que palabras. Con más amor que miedo. Con más nosotros que vida.
Mentalmente secuestrada.

Luna Plateada

martes, 17 de septiembre de 2013

Hasta el final

Ella estaba entretenida amasando en la cocina, cuando sintió una presencia en la puerta. Era él, lo sabía sin ni siquiera mirar.
-¿Cuánto tiempo llevas ahí?- preguntó ella.
-El suficiente como para ver cómo te manchabas la nariz al rascarte.- ella se sonrojó, y volvió a rascarse la nariz. Se giró y se encontró con él justo delante. Notaba su respiración, calmada, casi imperceptible.- ¿Quieres que te ayude?- Se puso detrás de ella, puso sus manos sobre los de ella, y juntos amasaban rítmicamente. 
- Como sigamos amasando esto no se va poder comer –le dijo ella mientras se daba la vuelta y le manchaba la nariz con harina.
-Si es que más romántica no puedes ser. – le dijo él mientras la abrazaba contra sí y le mordía el cachete.
-Es o eso o no comer. Ya ves por la opción que más me inclino. – contestó mientras le sacaba la lengua. 
-¡Qué gruñona te pones cuando tienes hambre!- dijo mientras le mordía la lengua.- ¿Quieres que te ayude?- preguntó él.
-Puedes ir poniendo la mesa. Aunque me gusta tu presencia aquí conmigo. ¿Me acompañas a estar sola?
-Por supuesto; eso siempre pequeña.- Se sentó en una silla de la pequeña mesa de la cocina, y la observó hacer. Contempló sus pies descalzos, tocando aquellas frías baldosas, en pleno otoño. Subió por sus piernas, morenas de aquel caluroso y soleado verano. Llevaba un pantalón corto de deporte, y una de las camisas viejas de él. Luego olerían a ella, y eso le encantaba. Y terminó su pequeña expedición en su nuca desnuda. La seguía mirando como la primera vez, hace ya tanto tiempo. Era como si los años no hubieran pasado, como si todo fuera como siempre. Pero él sabía que no era así.
Ella tenía cicatrices, miles de cicatrices invisibles producto de la vida y el tiempo, y él también. Pero la había recuperado, y eso era lo único que importaba. Había luchado por encontrarla, por conquistarla de nuevo, por demostrarle que una vida juntos valía más que mil vidas separados. Y no pararía de luchar por ella hasta que su corazón dejara de latir. Sabía que no sería fácil, pero iba a enamorarla todos y cada uno de los días de su vida.

Hasta el final.
Luna Plateada

martes, 10 de septiembre de 2013

Receta de la Felicidad

Ingredientes:
-Un abrazo antes y después de cada comida (10 veces al día). Añadir más al gusto de cada uno.
-24 besos apasionados, uno por cada hora del día. En el caso de no tener, no preocuparse, puede añadirse a la cantidad de abrazos (34 abrazos).
-Comer más fruta y más verdura.
-Un puñado de sonrisas, preferiblemente nada más levantarse, y dedicadas a ti (en primer lugar) y a los demás.
-Hablar con uno o varios amigos al menos una vez al día. NO descuidar una relación más de 10 días. Atentos a la fecha de caducidad.
-Una pizca de paciencia.
-Añadir algún que otro capricho. Debe incluirse tu comida favorita, tu afición favorita o tu libro favorito. Cualquier capricho, pero con moderación.
-Hacer ejercicio al menos tres veces a la semana (45 min. o más/día).
-Sexo. Mucho sexo. Preferiblemente con amor y cariño.
-Demostraciones varias a los demás de lo que sientes (una vez cada dos días mínimo).
-Muestras de cariño para con tus familiares.
-Un gesto (o más) de buena persona al día. 
-Contraingredientes: Por favor, exclúyase enfados, críticas no constructivas, hablar mal de los demás, ser impaciente y por supuesto, tratar mal a los demás. Haciendo daño a los demás, te haces daño a ti mismo. Y estropeas la receta.
La felicidad atrae la felicidad

Ingrediente secreto: (Interesados, preguntar en un comentario)

Preparación:
Mézclalo todo bien, y añade un poco de cada cosa al día a día. Se recomienda hacer esta receta con amigos, familiares y demás personas importantes. En caso de falta de alguno de los ingredientes, contrarrestar añadiendo un poco más de lo demás.

Anotaciones:
*La mezcla de todos los ingredientes debe hacerse con amor, armonía y moderación. 
*Añadir más ingredientes según el gusto de cada persona. 
*A poder ser, abstenerse de añadir vicios/drogas.

Recuerde que cualquiera puede ser un buen cocinero, y que no siempre la receta nos sale igual. No se preocupe, con lo años se va perfeccionando. Ser feliz no es una meta, sino un estilo de vida.
Luna Plateada

domingo, 7 de julio de 2013

La felicidad está en el ahora

Ella se movió agitada en la cama, una nueva pesadilla volvía. Sudaba, las sábanas se le pegaban a la piel en aquellas noches calurosas de verano. Intentaba salir de aquel túnel aparentemente sin salida, hasta que lo consiguió y se despertó.
Todo estaba oscuro y con su mano buscó el cuerpo de él. Encontró su piel, la mano de él también la estaba buscando, pero no habían dicho nada. Ya sabían qué pasaba; ocurría noche sí y noche también.
Él salió de la cama, y al volver traía un vaso de agua para cada uno. Ella se lo agradeció infinitamente con la mirada, apenas podía hablar. Luego se volvieron a acostar, ella le acarició la cabeza, y se besaron. Se querían tanto que las palabras sobraban. ¿De qué servían esas palabras  que intentan definir los sentimientos? ¿Limitarlos? De nada. Lo que importaba es lo que ella sentía y lo que le hacía sentir a él. 
Todos somos y nos convertimos en lo que pensamos,
sentimos, hacemos y disfrutamos cada día.
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro, y fue relajándose poco a poco, hasta que los latidos de él se hicieron imperceptibles. Se había dormido, y ahora podía pensar en la suerte que había tenido al conocerle. La verdad es que se había preocupado tanto por no quedarse sola en la vida, que había acabado con quien no debía. Y cuando dejó de buscar, fue cuando le encontró; una tarde de primavera. La suerte siempre había formado parte de su vida, pero nunca se había materializado tanto como cuando lo conoció a él.
Y bueno, lo que más le gustaba es que vivían el día a día. Sin pasado ni futuro. El ahora. No sabía cuánto duraría, pero tampoco perdía el tiempo intentando adivinarlo. Tenía su felicidad a unos centímetros, y podía abrazarla cada noche y cada día. ¿Qué más podía pedir?
Luna Plateada

lunes, 1 de julio de 2013

Lágrimas de cristal

Una lágrima corría delicadamente por su piel de porcelana. Aquella gota de agua impregnaba cada uno de sus poros, refrescándole la cara. Pero era una, solo una lágrima la que recorría lentamente aquella piel tan tersa. 
Dejó que la gota llegara hasta su boca, y notó el sabor amargo de aquella lágrima que solo era el principio que acontecía una tormenta. 
Ella, que se creía tan fuerte, tan indestructible, tan capaz de todo, ahora se derrumbaba. Notaba como sus ojos su aguaban cada vez más, ya casi no distinguía la figura de aquel chico que la dejaba atrás. Pero seguía manteniendo la mirada, aunque su vista ya era borrosa, y sus ojos estaban a rebosar de lágrimas. Intentó gritarle, pero se le quebró la voz. Apenas podía decirle que se quedara, que le necesitaba. No dejarle ir. Intentó mover sus piernas, y también le fallaron. ¿Qué le pasaba? ¿A caso aquel corazón de piedra había ha vuelto a latir y ahora era su cuerpo el que se había convertido en piedra? ¿Por qué?
El verdadero valor es hacer frente a la situación
sin dudar, aún sabiendo de antemano que vas a perder.
Lo volvió a intentar. La silueta iba desapareciendo, ya casi no quedaba nada de él. Volvió a intentarlo. Miles de lágrimas corrieron detrás de aquella primera lágrima. Su mirada se estaba aclarando. Intentó gritar, pero solo le salió un murmullo. Sin embargo, su cuerpo ya no estaba entumecido, sus pies le respondían poco a poco. Se frotó la cara, intentando despejarse, y con fuerza volvió a intentarlo una vez más. Esta vez, pudo moverse, pudo gritar, y pudo ver; pero ya era tarde.
Aquel chico había desaparecido por completo, ella no sabía por dónde empezar a buscar. Sus piernas le fallaron, y acabó de rodillas en el suelo. Todo le daba vueltas. Se llevó las manos a la cara y empezó a expulsar todo el llanto que llevaba dentro. Lloró durante más de una hora, sin parar, hasta que se fue acurrucando en el suelo frío e incómodo. Ya no le quedaban lágrimas. Se puso en posición fetal, agarrándose las piernas, y poco a poco sus latidos eran cada vez más lentos. Ya no aguantaba más, ya no quería seguir luchando. No merecía la pena. Y se durmió.
Como siempre, apareció su ángel de la guarda. Nunca la dejaría sola; solo le dejó espacio para que ella misma rompiera ese muro que se había construido para ‘protegerse’. La cogió en los brazos, y la llevó a casa. Ella volvió a llorar entre sus brazos. Y la última lágrima…
La última lágrima corría delicadamente por su piel de porcelana. Aquella gota de agua impregnaba cada uno de sus poros, refrescándole la cara. Pero era una, solo una lágrima la que recorría lentamente aquella piel tan tersa. La última.
Luna Plateada

jueves, 27 de junio de 2013

El último beso

El que no arriesga, no ama.

-No seas tonta, ven aquí. – dijo él con impaciencia, mientras abría el grifo de la ducha.
-Que no, no quiero. – contestó ella enfurruñada. Se estaba comportando como una niña pequeña.
-Ven aquí, te va a seguir subiendo la fiebre. Ya sé que tienes frío, pero te sentirás mejor – dijo él mientras se levantaba. Ella dio un paso hacia atrás, y se enroscó aún más en la manta.
-Como sigas así, te meto con ropa y todo. – le amenazó él.
-NO QUIERO. Hace muchísimo fr... – pero no le dio tiempo a acabar la frase. Él la agarró en peso y la llevo hasta la ducha. Ella gritaba que lo dejara en paz, e intentaba inútilmente hacerle daño para que la soltara.
-Grita y pega todo lo que quieras, pero tú te duchas. – dijo a la vez que la metía debajo de la ducha; pero para eso tuvo que meterse él también.
-Estate quieta, te vas a hacer daño –dijo él mientras la envolvía entre sus brazos mientras ambos se mojaban. Ella empezó a llorar.
-¿Por qué lloras? – le preguntó él preocupado. Le apartó toda la maraña de pelo mojado que le caía sobre la cara. No distinguía sus lágrimas, pero sabía perfectamente que estaba llorando.
-Es que está muy fría… - mintió mientras rompía a llorar de nuevo. Él la atrajo contra su pecho, y dejó que notara sus latidos, para tranquilizarla. Sabía perfectamente que ella no lloraba porque el agua estuviera fría, pero no era el momento para pedir explicaciones.
La agarró del mentón y le miró a los ojos. Ella tenía los ojos rojos, su cuerpo tiritaba de frío aunque sus labios estaban perdiendo aquel color violeta, y se volvían más rojos. Le acarició los labios mientras el agua corría por sus caras. Y a ciegas, los besó. Se besaron con pasión, como si algo se fuera a acabar o a romper. Con paciencia, con delicadeza, pero con intensidad.
Ninguno de los dos lo sabía, pero aquella vez sería la última vez que él besaría esos labios rojos. La última vez que ella podría besar a alguien.
Miento, ella sí sabía que sería la última vez.
Luna Plateada

martes, 18 de junio de 2013

Monstruos

Tumbado en la cama, con los ojos cerrados estiró la mano en medio de la oscuridad. Buscaba el cuerpo de ella, pero no estaba. Abrió lentamente los ojos, y vio luz por debajo de la puerta de la habitación. Se incorporó con pesadumbre, hasta sentarse en el borde la cama. A oscuras fue hasta la puerta. La abrió y fue hasta la cocina, que era el lugar de donde provenía la luz.
Los monstruos son del tamaño
del miedo que les tengas
Ella estaba sentada con los pies encima de la silla, leyendo un libro y bebiendo poco a poco de su taza de The Beatles. Él se acercó en silencio y le acarició la espalda; lo que provocó que ella se sobresaltara y derramara un poco de leche sobre el libro.
-Lo siento, no pretendía asustarte – dijo él mientras cogía una servilleta y limpiaba las gotas que habían caído en el libro.
-No importa – contestó ella, mientras dejaba de lado el libro y la taza, y lo abrazaba. No le hacía falta nada más.
-¿No puedes dormir? – preguntó él. La respuesta era obvia y ella no le respondió, simplemente le besó.
-Nunca he entendido por qué lees en la cocina en vez de en el salón. Casi no hay luz, y las sillas son incómodas – dijo él mientras le ponía un mechón de pelo detrás de la oreja y le besaba la frente.
-Me parece más acogedora la cocina. Me recuerda a cuando leía en mi casa mientras mis padres preparaban la comida. Es como si tuviera compañía.
Él le agarró la mano y la llevó hasta la habitación. La ayudó a desvestirse y se metieron desnudos en la cama. Ella descansaba sobre su pecho, mientras él le acariciaba la cabeza. Sabía que eso la relajaba. De pronto sus latidos fueron ralentizándose y en poco menos de 10 minutos ella dormía plácidamente.
Él, sin embargo, ya no podía dormir. Era como si los monstruos que no la dejaban dormir a ella, ahora los custodiara él. Pero estaba dispuesto a cuidar esos monstruos por Ella. Siempre.
Luna Plateada

miércoles, 1 de mayo de 2013

Universo

-Ven. Asómate al balcón. - me dijo mientras me tendía la mano. Me levanté con delicadeza del sofá y fui hasta donde estaba ella. La Luna.
Me quedé mirándola fijamente, hipnotizada por lo hermosa que estaba aquella noche. Parecía que no quería dejar que nadie se fijara en otra cosa que no fuera ella. Tan alta e imponente, desde la lejanía.
 Embelesada me apoyé en la barandilla, absorta en mis pensamientos, contemplando los diminutos puntos que brillaban en aquel oscuro cielo. 
Qué bonito es el Universo
cuando le miras a los ojos.
Las palabras ‘insignificante y diminuta’ siempre me venían a la mente cuando pensaba en la inmensidad del Universo, tan infinito y etéreo. Y esa curiosidad que llevo siempre encima por si acaso, salió a demostrarme que quería respuestas.
Respuestas al cómo, por qué, cuándo. Respuestas a la vida y a lo que no es vida. Respuestas sobre el Universo, sobre la Tierra, y sobre la Luna. Y bueno, ¿por qué no? También quería respuestas sobre mí misma.
Pero la verdad es que yo sólo pregunto. Ya decidirá la vida si me responde o no. Porque, quiera o no, hay preguntas que no tienen respuesta.

Luna Plateada

miércoles, 24 de abril de 2013

Un billete a ninguna parte

-Por favor, un billete a ninguna parte – dijo ella con seguridad.
-Aquí tiene. Diríjase a la número 5. El tren saldrá en 10 minutos.- contestó el hombre que le vendió el ticket. Ella se sentó en un banco con vistas a las vías del tren. Observó a su alrededor; apenas había gente. 
Siempre hacía el mismo recorrido; cada vez que creía que todo le superaba y que ya no podía aguantar más. Hacía la maleta, se iba a aquella estación para pedir un billete a ninguna parte, y se perdía en sus pensamientos, intentando recordar las decisiones que la habían llevado hasta ahí.
Nunca sabemos de lo que somos capaces
hasta que lo intentamos.
El tren llegó con fuerza a la estación. Ella se levantó, era el momento de tomar la gran decisión. Y estaba allí para hacerlo, pero por desgracia, esa no era la primera vez. Las puertas del tren se abrieron, y pudo ver como su cuerpo se congelaba, incapaz de moverse, de reaccionar.
“Vamos, tú puedes” se dijo a sí misma, sin ningún resultado. No sabía cuánto tiempo había estado parada, pero cuando volvió a la realidad, el tren ya se había marchado, y una vez más, no se había subido.
Cogió sus cosas, y se convenció de que no coger aquel tren era lo mejor. Como hacemos todos cuando hemos tomado una mala decisión. Le sacamos el lado negativo y nos protegemos en que todo podría ir mal con esa decisión.
En el fondo, siempre es la misma historia. Nos conformamos con ser infelices porque nos da miedo el cambio. Y al miedo sólo nos podemos enfrentar solos.

Luna Plateada


jueves, 18 de abril de 2013

Ojos Verdes II [14.04.13]

Entrada dedicada a Ojizarka. Que siempre me lee y me comenta. Muchas gracias.

Vivo obsesionada con esos ojos que un día me cautivaron. Que un día me atraparon y me cortaron las alas. Solo busco esos ojos entre todos los demás. Porque es eso. Todos los demás, están de más.
Me pregunto si busco algo imposible. Si busco algo que ya ha desaparecido, o que ni siquiera ha existido. Me pregunto si no me estaré volviendo loca. ¿Por qué sigo buscando esos ojos verdes?
Miro a las personas a los ojos, buscando el verde que me cautivó. He estado tan obsesionada con esos ojos verdes, que he olvidado algo más importante que ellos: la mirada.
Porque hay miradas que enamoran, no importa el color. Puede que los ojos que estoy buscando ni siquiera fueran verdes. Puede que fueran negros, como el vacío, como el Universo. Y que me perdiera en su inmensidad.
Pero no lo sabré hasta que los encuentre. 
Me pierdo en el vacío de tus ojos,
en la inmensidad de tu mirada.
PD: Si os imagináis a orillas de una playa, y lo leéis con esta canción, quizás os llegue la misma sensación que a mí. 
O no.

Luna Plateada

martes, 16 de abril de 2013

Ojos verdes I [27.01.13]

Nota: Entrada dedicada a Daniela, que siempre me lee. Gracias a tu último comentario he publicado. Lo que yo escribo no es nada comparado con cómo escribe ella. Gracias.


-La verdad es que no te reconozco. No eres la chica que conocí. –dijo él.
-No me juzgues sin saber. Tú vuelves ahora a mi vida y la desordenas toda. ¿Pretendes que las cosas hayan quedado como las dejaste? – pregunté.
-No. Pero cuando me fui… - intentó decir, pero le corté:
-Calla. No me hables de cuando te fuiste. – recuerdos dolorosos atravesaban mi cerebro como si fueran estacas.
-Lo siento. – logró decir aquel íntimo desconocido. – Pero he vuelto. Es lo importante.
-No me jodas anda. ¿Desde cuándo te preocupas por mí? – Me había vuelto un témpano de hielo frente aquel chico que me miraba con ganas de besarme.
Un corazón de hielo. Ardiendo.
 -Me fui por lo que tú y yo sabemos. Me hubiera quedado si pudiera. – me contestó, mientras agarraba mi cara para que lo mirara. Nunca olvidaré aquellos ojos verdes.
-Basta de excusas. No tengo ganas de seguir con esto. ¿Por qué no me dejas olvidarte? Dime. ¿Por qué? 
El silencio inundó aquella pequeña cocina, hasta que la cafetera se puso a trinar. Me levanté, recogí mis ilusiones y mis sentimientos y los metí en una de esas mochilas que pesan sobre tu espalda cada día. Para siempre.

Luna Plateada

miércoles, 27 de marzo de 2013

El Faro. El Final

Si es la primera vez que ves esta historia, te recomendaría que empezarás por el principio. No estropees la historia leyéndote el final. 
Era extraño como aquella persona se había hecho cada vez más parte de su vida. Ella no quería admitirlo, pero le necesitaba. Aún así, notaba cómo latía la tinta de la carta, escondida en el fondo de uno de los cajones del escritorio. Era Sol, que le llamaba a susurros, para que ella le contestara. Y un día se decidió a contestarle. Le escribió una breve carta, donde aceptaba su invitación de verle, que se pasara en cualquier momento, quitándole importancia.
Cuando Kristian vino al día siguiente y ella le entregó la carta, puso cara de descompuesto. Ni siquiera había mirado a quién iba escrito. De todas formas, ella nunca había escrito ninguna carta a nadie. 
-¿Qué pasa? – preguntó Luna. Se agachó junto a la perra y la acarició lentamente. Pensativo. Esperé pacientemente, hasta que contestó.
-¿Estás segura?
-¿A qué viene esto? ¿Segura de enviar una carta? – Un silencio lo inundó todo. 
-Sabes que es más que una carta. Es una decisión. – se quedó mirando sus ojos profundos ojos verdes, y parecía que estaba viendo a Sol.
-¿Conoces a Sol? – preguntó ella.
Palabras que no dicen nada, silencios que lo llenan todo.
-Siéntate, por favor. Es hora de que hablemos. – le tomó de la mano, y la llevó hasta los sillones que habían enfrente del ventanal. Desde allí se podía ver la fuerza del mar y cómo el horizonte formaba un límite infinito.
Él también miraba hacia el infinito, y el mar parecía reflejarse en sus ojos. Estaba reuniendo fuerzas para hablarLe. La soledad te enseña a tener paciencia, a no forzar las situaciones y a esperar. Sobre todo a esperar. Lo que no sabía era que vivir esperando a que algo ocurriese era otra forma de morir.
Mientras SU mente divagaba, haciendo tiempo, él se levantó y buscó a la perra. Se sentó con ella en los muslos mientras la acariciaba. Ella le dio fuerzas para decirLe que:
“Verás. Bueno, como sabrás, mi familia es del norte, pero desde pequeños hemos veraneado aquí. A mí me gustaba ir a esa cala donde ibas siempre, de la que me has hablado tanto. Y te veía allí por las tardes, cuando terminaba de trabajar, pero nunca me atreví a saludarte. Era muy tímido. Creerás que era un pervertido, pero desde este faro admiraba nada más que tu silueta, y cómo pasabas las horas leyendo o buceando. Me acuerdo que a veces te quedabas en la arena mirando al horizonte y más de una vez miraste al faro pero nunca me llegaste a ver. Mi pena era tan grande y estaba tan vacío que tuve que contárselo a alguien. Y ese alguien fue mi hermano gemelo. Éramos como dos gotas de agua por fuera, pero por dentro no teníamos nada en común. Éramos todo lo contrario. Y él me dijo que hablaría contigo de mi parte. Pero nunca dijo nada de mí. Yo os contemplaba desde el faro, sin poder hacer nada. Viendo cómo cada día te enamoraba más. Tenía tan poca fuerza mental, que nunca le reproché nada a mi hermano, pero dejé de hablarle. Además, no sólo tonteaba contigo, sino con otras chicas más. Pero tú le llamabas la atención más de lo que cualquier otra chica se lo había llamado, por eso seguía yendo a verte cada tarde. Yo, mientras, me encerré en mi caparazón, e hice de mis sentimientos una espiral de sufrimiento que parecía no tener fin.”
Aquello era demasiado para Luna. Las manos le sudaban, pero quería saber qué pasó. Sin embargo, su cerebro parecía latir dentro de su cabeza, como si fuera a estallar, y él lo notó. Le trajo un vaso de agua y continuó:
“Un día, mi hermano llegó de malhumor a casa. Al día siguiente nos iríamos. Me dijo que sólo le besabas y que eras una anticuada. Que contigo era imposible tener nada, y que se iría sin despedirse. No sé por qué, pero me gustó que te hiciera sufrir y que desapareciera sin más de tu vida, pero no pude evitar sentir pena. Al día siguiente, me vestí como mi hermano, y fui a la playa, con la esperanza de verte. Llevabas un hermoso vestido celeste, y me quedé un rato mirándote desde la lejanía. Recé porque no notaras nada raro. Al principio creo que sí lo notaste, pero no querías darte cuenta, simplemente querías besarme. Aquel beso no lo olvidaré jamás. Jamás. Tus labios se deshacían entre los míos, con una suavidad nunca antes conocida. No quería que se acabara nunca. Pero llegó el momento de despedirme, de decirte que volvería a buscarte para ir a vivir a este faro. Y bueno, fue la despedida más difícil de mi vida. La única que de verdad he sentido. Con el paso de los años fui madurando, y me preguntaba qué sería de ti, y un día cogí mis cosas y me vine aquí. Me instalé en una pequeña casita al lado del mar, y encontré trabajo de cartero. Te busqué, pero nadie sabía nada de una tal “Luna”. Eras un fantasma. Hasta que un día llegó una carta para ti. Por la letra y el sello reconocí que era la de mi hermano. Dudé entre dártela o no, pero ya ves, te la di. Y puede que haya sido la peor decisión de mi vida, aunque no me arrepiento. Así me dejaste entrar en tu casa y en tu vida.” Ya había anochecido, y notaba cómo el frío atravesaba las ventanas hasta llegar a su corazón. Que se congelaba y dejaba de latir, como había estado durante la última década. La confianza se había ido como el sol, en silencio, para no volver. Él vio en mis ojos aquel gélido frío, y pudo ver arrepentimiento en los suyos. No sé si por haberle mentido hace unos años o no haberle contado esto antes. Se levantó en silencio y abrió la puerta. Quería estar sola. Él lo entendió, y no volvió al día siguiente. Ni al otro. Nunca volvió.
Se pasaba los días leyendo, viajando entre libro y libro, para que su mente descansara y dejara de torturarla. Tuvo muchas tentaciones de llamarle. A los dos. Para pedir más explicaciones, para culpar a alguien de todos sus sentimientos. Y un día se armó de valor, dispuesta a arreglar todo aquello, y se dirigió a Correos, para ver si Kristian estaba allí.
Según le dijeron, estaba de vacaciones, y no volvería hasta la semana que viene. Entonces recordó dónde vivía, y fue a verle.
Llamó a la puerta varias veces, pero no contestó nadie. Miró por una ventana que estaba cerca, y vio a un chico sentado en una silla, mirando al mar. Era él. Se adentró por el jardín, y lleguó hasta él. Su sorpresa fue tal, que se le cayó la cerveza de la mano. Se acercó, le agarró la cara y le besó. Le besó como no había besado a nadie en todos aquellos años. Y él la abrazó muy fuerte, nunca más la dejaría sola. Y al Sol y a la Luna le hicieron una promesa en silencio, sin llegar a decirla, para que se cumpliera. Como los deseos.

Luna Plateada


miércoles, 20 de marzo de 2013

El sabor del sinsentido

-¿Crees que debería hacer algo?- preguntó ella, mientras miraba al horizonte. 
- Creo que no deberías darle tantas vueltas a las cosas. Simplemente, deja que las cosas fluyan.- contestó él con total sinceridad, aunque en el fondo no le gustaba nada la idea de que ella intentara algo con ese chico.
-¿Qué las cosas fluyan? Jajaja Lo peor es que si yo no hago nada, eso no fluye.-dijo ella. Estaba hecha un lío, le contaba al chico que le gustaba cosas sobre un chico que no le interesaba mucho. Simplemente quería que él demostrara algo sobre lo que sentía ella, pero eso nunca ocurría.
-Ahí tienes tu propia respuesta. Si no fluye por sí sólo, es que no merece la pena. Aunque bueno, eres tú la que decide.-contestó él. En realidad lo que quería decirle es que se olvidara de aquel chico sin importancia, y que le abrazara. Sin más.
-¿Sabes lo que sí merece la pena? – preguntó ella, desviando la conversación. Él la miró con intriga.
-¿El qué? – preguntó.
-Un helado de nutella.- dijo ella.
-Muy buena idea. – una vez más, volvían a enterrar sus sentimientos entre capas y capas de helado gélido. Ese que te congela por dentro, y te vuelve frío por fuera. Ese.
A ti quiero comerte a besos. Sin más.
Luna Plateada

viernes, 15 de marzo de 2013

Domingos que saben a primavera

Libertad es tener a alguien sin poseerlo.

Besos. Besos. Besos. Y más besos. Por toda la cara, y bajando por el cuello.
-Despierta, ¡¿sabes qué día es hoy?! – preguntó él mientras no paraba de besarla.
-Mmm… ¿Domingo? – dijo ella con voz de dormida, mientras reprimía reírse. Aquellos besos le hacían cosquillas.
-¡No! ¡¡¡ES DOMINGO CON MAYÚSCULAS!!! – dijo con énfasis. Ella se escondió debajo de las sábanas. Quería seguir durmiendo un poco más. – Vamos levanta pedazo de dormilona, que ya son las doce.
-Un ratito más, por favor, que los domingos no hay nada mejor que hacer.- dijo ella desde debajo de las mantas, justo antes de que él tirara de ellas y la dejara sin protección ninguna. Sólo llevaba una camisa un poco grande, que no la cubría del todo. A él se le antojó la chica más sexy del mundo, se acercó a ella y le susurró al oído.
-Podemos hacer de los domingos el mejor día de la semana. – dijo con voz sensual mientras le acariciaba los muslos. Ella se giró y le miró a los ojos. Luego acercó sus labios a los de él pero sin llegar a besarlos y le dijo en un suspiro:
-Podemos.
Luna Plateada

domingo, 10 de marzo de 2013

Arquitectos de nuestro propio destino

Se sentó en el borde a observar cómo fluía el río. Al otro lado, un bosque inmenso que llegaba hasta las montañas. Aquel río era la frontera, y no había puente que comunicase su pequeño islote con aquellas montañas. Ella se preguntaba qué habría más allá de esas montañas, o en ese bosque. 
El destino no hace visitas a domicilio, hay que ir a por él
Y así cada atardecer, contemplando cómo el sol se escondía detrás de las montañas. ‘Quizás duerme ahí el Sol’, pensó ella. Y su mente volaba, imaginando todo tipo de cosas detrás de aquella montaña. Quizás había otro pueblo y una gran lago, quizás había una playa, quizás todo estaba detrás de aquella montaña. Nunca se le pasó por la cabeza que no hubiera nada.
‘¿Por qué nadie ha hecho un puente? ¿Por qué nadie cruza?’ Y de pronto lo entendió. Miedo. Es la única barrera, y la más fuerte de todas. Si cruzaba el río, se arriesgaba a morir ahogada, no sabía nadar muy bien. Si se quedaba, se arriesgaba a no saber qué había más allá.
¿Tú qué harías? Elige una opción:
Luna Plateada

Prefiero vivir

“No, moriré ahogada, como muchos que han intentado cruzar el río. Y tampoco sabré qué hay más allá. Será mejor que me quede aquí. Prefiero vivir sin haber cruzado, que arriesgarme a cruzar y morir en el intento. La vida aquí tampoco está tan mal. No soy feliz, pero no creo que lo sea allí tampoco” Se decía, para convencerse de que era la mejor decisión que podía tomar.
¿A qué precio?
Y se quedó un rato más mirando el río, imaginando su muerte entre las fauces de aquellas aguas que la tragarían hasta el fondo. Y se alegró de la decisión que había tomado. 
Se levantó con cuidado, y miró por última vez aquel espectáculo de colores llamado atardecer, y aquella montaña imponente que tanto le llama la atención.
Cada tarde, se entretenía para no volver a aquel sitio al lado del río y contemplar el atardecer. Intentó ser feliz, pero haber dejado escapar aquella oportunidad le retumbaba en la mente cada día. Sabía que podía cruzar cuando ella quisiera, pero el momento ya pasó.
Simplemente dejó escapar su oportunidad, y se limitó a ser feliz con lo que tenía. Sin olvidar nunca que el mayor riesgo que había hecho era el de no arriesgarse.
PD: Prefirió vivir, pero ¿a qué precio?

Luna Plateada

Me arriesgo, aunque muera en el intento

‘Pues yo no tengo miedo’ dijo ella en voz alta, mientras se quitaba los zapatos. Justo cuando estaba a punto de meter un pie en el agua, alguien le habló.
-¿Estás segura de lo que vas a hacer? – le dijo su voz interior. Ella volvió a pensar en mil y unas maneras de morir, pero también en lo que había más allá de aquellas montañas. Y eso pudo más. 
-Sí, estoy segura.- se contestó a sí misma. Metió un pie en el agua y notó como el frío subía por su cuerpo, entumeciéndolo. Pero eso no la paró, siguió sumergiendo partes de su cuerpo, hasta llegar a la cadera. Había bastante corriente y sería difícil pasar, pero no imposible. Miró por última vez atrás, y vio todo lo que dejaba atrás. Se alegró de la decisión que había tomado.
"Pues yo no tengo miedo"
La corriente la empujaba hacia atrás, y el agua le estaba ahogando. Ya estaba por la mitad cuando sus brazos empezaron a flaquear, y le faltaba el aliento. Se dijo a sí misma que ella podía, y utilizó todas sus fuerzas para seguir. Pero se le estaban acabando las fuerzas, ya no podía más, quería abandonar y dejarse llevar por la corriente. El agua empezó a ahogarla más y más con cada paso que daba. Ya no le queda oxígeno, todo se iba a acabar, justo cuando encontró una piedra a la que agarrarse. Su último aliento lo utilizó para subirse a ella.
Agotada, se tumbó en ella, intentando soltar el agua que estaba ahogando sus pulmones. Y cuando se recuperó se dio cuenta de que ya estaba en tierra firme, había cruzado. Lo consiguió.
Ese fue el principio de una gran aventura que le llevaría a descubrirse a sí misma, y a todo lo que hay detrás de “esa montaña” llamada miedo.
Luna Plateada

jueves, 7 de marzo de 2013

Doble o nada

Me senté en aquel banco mientras esperaba. Hacía un buen día, y justo en frente había un parque donde los niños jugaban alegremente. Había una niña  con el pelo rizado castaño claro, y un chico jugaba con ella. La risa de la niña se escuchaba en todas partes, sobretodo cuando él la cogía en brazos y le daba vueltas. Fue justo en ese momento cuando me di cuenta. Eras tú.
Sí, aquel chico con el que coincidía todas las mañanas al ir a la universidad. Siempre me dedicabas una sonrisa, era tu forma de darme los buenos días. Nos sonreíamos, y hablábamos con las miradas. No hacía falta nada más. El silencio lo era todo.
-Hola – dijo la niña. La miré intrigada – Dice mi hermano que te conoce.
Él se acercó, y se sentó a mi lado. Cogió a su hermana, la puso sobre sus piernas y luego le dio un coche de juguete.
-Pensé que nunca hablaríamos – le dije.
-Ya, bueno. ¿Demasiado tímidos u orgullosos?
-Puede que las dos cosas. Pero el que no arriesga no gana, ¿no? 
-Pues veo tu apuesta, y la doblo. Me llamo Alex, ¿te apetece tomar un helado?
-Pues sí que apuestas fuerte – dije con ironía. Los dos nos reímos. – Yo me llamo Luna. 
-¿Puedo ir a jugar? – preguntó la niña.
-Pues claro, ve. Y luego vamos a tomarnos un helado.- La niña se fue dando saltitos hasta el columpio.
-¿Qué edad tiene? – pregunté.
-Va cumplir 5 años dentro de poco.- contestó. El silencio inundó la conversación. Se giró y me miró a los ojos. Desde cerca, sus ojos verdes impresionaban aún más.
-Y bueno, supongo que estarás estudiando algo de ciencias, porque siempre coincidimos yendo al mismo campus. ¿Puedo saber el qué? – preguntó.
- Ingeniería mecánica– contesté. Él se quedó un poco asombrado. 
-Guau. Supongo que hay pocas estudiando eso.- El silencio otra vez. Pero no era incómodo- ¿No te intriga saber qué estoy estudiando? 
-No – contesté con total sinceridad.
-¿Por qué?
-Lo que estés estudiando no me dice nada de ti. Puedes estar estudiando derecho, o matemáticas, y sigue sin decirme nada sobre ti. La verdad es que prefiero no saberlo.
-Me sorprendes. Pero me gusta tu respuesta.- La niña lo llamó, y él se levantó disculpándose.
Empezó a jugar con la niña, y a mí se me encogió el corazón. Había pocas cosas que me enternecieran, y una de ellas era ver a un chico jugar y desvivirse con un niño pequeño. No creo que haya cosas más sexys que esas en un hombre.
Miré el reloj, ya era la hora, me tenía que ir. Saqué un papel y escribí algo en él. Lo dejé encima del banco y me fui sin que me viera.
Al cabo de un rato, el chico volvió al banco, y encontró el papel que había dejado. Sonrió, contestando a la pregunta:

Luna Plateada

sábado, 2 de marzo de 2013

Lo más importante de las cartas son las posdatas

El frío de la calle entumecía mis huesos, volviéndolos de cristal, haciéndome pensar que cualquier golpe podría destruirlos. Los labios se me desgarraban, y las manos iban cogiendo un color violáceo. Había quedado en el café de la esquina con mi gran amigo Javi. Nos conocíamos desde hace muchos años, y teníamos una relación de esas que se ven en las películas. Y hace unas horas me llamó para quedar donde siempre. Noté en su voz que algo iba mal.
Abrí la puerta del café y una oleada de calor me relajó los músculos, y noté cómo la sangre volvía a recorrer mis minúsculas venas. Lo vi a lo lejos, pegado a la ventana, mirando hacia el horizonte. Cuando me vio le cambió la cara. 
-¿Has visto el frío que hace? – preguntó él mientras se levantaba y me daba un abrazo.
-¿De dónde crees que vengo? – dije mientras intentaba soltarme de sus brazos. Siempre hacía como que era un exprimidor y yo una naranja. 
-Jajajaja Para mí que el frío te vuelve más antipática de lo normal chica – me dijo mientras me agarraba la nariz y hacía como que me la robaba. Me quité el abrigo y me senté.
-Devuélvemela – dije mientras me rascaba la nariz. Siempre me picaba la nariz, y más aún si me la tocaban, teniendo que rascármela a toda costa. Y él lo sabía.
Nunca es tarde para que te quedes.

- Ni pensarlo. Primero dime lo que te pasa y luego ya veo si la libero del secuestro – me dijo.
-¿A mí? Fuiste tú el que me llamó con aquel tono melancólico. – dije mientras llamaba a la camarera.
- Es que estaba picando cebolla, y lloraba su muerte – dijo mientras se estiraba completamente en su silla. Sus piernas ocupaban todo el espacio debajo de la mesa.
- Ya te dije que cogieras unas gafas de bucear, que así no te pican. O pícalas debajo del agua – la camarera se acercó, nos tomó nota y volvió por donde había venido.
-Tengo una reputación que mantener. Por cierto, ¿desde cuándo te has vuelto tan ama de casa? – me preguntó.
-Supervivencia – dije. Él creía que no me daba cuenta, pero sabía que me estaba cambiando de tema para que no lo abordara con la gran pregunta:
-¿Qué te pasa? – dijimos los dos a la vez. Empezamos a reírnos. Nos encantaba que estuviéramos siempre pensando igual. Y más cuándo coincidíamos en cosas tan absurdas como aquella.
- Venga, yo primero y luego tú – dijo él.
-Hecho – contesté. 
- Me han dado la beca. Me voy a vivir a Alemania – dijo con una mezcla entre alegría y tristeza.
-¡¿En serio?! – Me levanté y le abracé – ¡¡Eso está genial Javi!! Sabía que te la darían. – esta vez fui yo la que hizo lo del exprimidor. No entendía por qué él seguía triste.
De pronto, un montón de recuerdos pasaron fugaces por mi mente. Todas las locuras, todas aquellas noches filosofando sobre la vida, todas aquellas risas en los momentos más inoportunos, todas los días de sol y de lluvia, todo. Todo eso se acabaría.
-Seguiremos igual que siempre – dije leyéndole la mente. – No cambiará nada. Además, con tantos exámenes que teníamos era como si vivieras en otro país.
-Ya, pero picarte a distancia no es lo mismo. No puedo ver los morritos de enfadada que pones siempre – Dijo mientras se cruzaba los brazos y apretaba los labios, imitándome. – Mmmm… morritos. 
-Idiota, yo no hago eso. – contesté.
-Anda no, enana. – me dijo, y los dos nos levantamos a la vez. Nos abrazamos. Iba a echar de menos esos abrazos. Y convertimos aquel abrazo en una promesa silenciosa. Y no la dijimos en alto, para que se cumpliera. 

PD: Y  se cumplió.
Luna Plateada

miércoles, 27 de febrero de 2013

Corrosivo como el ácido

Miedo. Puro y exquisito miedo. Al amor.
-¿Ahora te interesas por mí? He estado aquí siempre y nunca te habías dado cuenta. ¿Sabes? Ya es demasiado tarde. - se levantó del banco enfadada, intentando esconder sus lágrimas.
-Espera. – dijo él mientras iba detrás de ella y le agarraba del brazo.
-¡Suéltame! ¿Por qué tratas de esconder lo que sientes? ¿Tanto miedo te da? – preguntó ella, mientras le miraba fijamente a los ojos.
-Sí. Demasiado. – contestó agachando la cabeza. Ella sintió el impulso de abrazarle, pero en vez de eso siguió caminando. Ni él fue detrás de ella, ni ella miró atrás. Los dos se atragantaron con aquel “te quiero” que les quemaba la garganta.
Luna Plateada

sábado, 23 de febrero de 2013

Quédate conmigo


-Vamos, dame la mano - me dijo mirándome fijamente.
-No, no quiero - le dije sin apartar la mirada.
-No tengas miedo, dame la mano -repitió.
No quería darle la mano, no quería tocarle. No quería ver nada, no quería saber nada. Quería seguir siendo fuerte.
-Por favor - insistió.
-No - dije escondiendo mis manos.
-Vale como quieras. No me des la mano, pero sígueme.
Eso sí puedo hacerlo. Le había seguido hasta ahora. Por dos o tres pasos no va a pasar nada. O eso creía.
Empezó a caminar, sin darse cuenta de que yo seguía parada, en el mismo sitio. Inmovilizada. Cuando ya había recorrido un buen trecho, giró la cabeza y me vio a lo lejos. 
- ¡Incluso el viaje más largo empieza con un solo paso! -me gritó - ¡Venga, da el paso!
No, no podía, no quería. Me di media vuelta y empecé a caminar en sentido contrario. En el sentido contrario a lo que yo quería. En el sentido que debía.
No giré la cabeza. Me obligué a mi misma a no girarla. A no hacer lo que de verdad quería. 
-¿A dónde vas? ¡Vuelve! -a cada paso que daba oía más lejana y bajita su voz.
-¡Quédate conmigo!- fue lo último que le oí decir.
Yo seguía caminando. Sin saber muy bien a dónde. Lo único que sabía era por qué me iba. Eso era lo único que me daba fuerzas para seguir caminando. 
Me obligué a no hacer daño a quien una vez quise con todo mi corazón.

Luna Plateada

lunes, 18 de febrero de 2013

Los labios rojos de una desconocida

-Siento haberte besado.
-Yo no.
Caminaba con paso firme por aquella calle oscura, iluminada por la luz de una tímida farola. El ruido de sus tacones con cada paso que daba hacían de aquella calle un lugar más frío. Llevaba un traje rojo, y el pelo suelto. Había decidido que aquella noche no se quedaría en casa esperando como hacía siempre, una llamada, un mensaje, un “te echo de menos”. Y salió a la calle para alimentar sus ganas de olvidar.
Llegó a un pequeño bar oscuro en la esquina de aquella insólita calle. Abrió la puerta de par en par, el frío entró con ella en el bar, y pudo notar como atravesaban su cuerpo una gran cantidad de miradas curiosas, que la observaban de arriba a abajo. Se acercó a la barra y pidió un whisky. Caminó segura entre la atenta mirada de aquellos hombres que sólo buscaban una cosa en ella: su cuerpo. Pero ella no regalaba su cuerpo a nadie, menos aún por piropos baratos, productos del alcohol y la necesidad.
Se sentó al lado de la ventana, sacó un mechero del bolso y un cigarro, y lo encendió. El camarero la miró con desaprobación mientras le dejaba el whisky en la mesa, pero no le dijo nada. Ella sabía que no le iba a prohibir que fumara, era la única chica en aquel bar. Le dirigió una mirada tan profunda que el camarero se sintió desnudo ante aquella poderosa mujer. Sin embargo, todo era fachada. Estaba vacía por dentro, se sentía insustancial. Todo por darse cuenta demasiado darte del valor del amor.
Una calada tras otra fue fumándose sus penas. Intentando olvidar. Pero cuando llevaba ya cuatro whiskys decidió no beber más, se levantó con menos equilibrio que cuando vino, pero con la misma seguridad. Le dio la última calada a su cigarro, y lo dejó en el cenicero, con la marca de sus labios rojos en ellos. Y se fue. 
Desapareció entre las tinieblas de la calle mientras aquel cigarro manchado de rojo sangre se consumía. De rojo sangre como las heridas que dejan los recuerdos perfectos.
Luna Plateada


domingo, 17 de febrero de 2013

Testigo del destino

Era una noche calurosa de una primavera perdida. Estaba sentada en un banco en medio de ninguna parte, esperando. Esperando por algo que sabía que no volvería. Era algo irónico. Esperaba por algo que ni volvería, ni quería que volviera.
Estaba escuchando música cuando de pronto sonó una canción que pegaba con lo que sentía. Levanté la cabeza y miré hacia la derecha. Un chico alto, joven y de paso firme, caminaba lentamente, sin prisas, absorto en sus pensamientos mirando hacia la nada. No podía verme. Miré hacia la izquierda y vi a una chica esbelta, joven y de paso inseguro. Tampoco ella podía verme. 
Esas dos personas desconocidas de pronto empezaron a sonreír. A cada paso que daban, la sonrisa se les agrandaba. Se conocían.
Me acuerdo que la música que escuchaba me impedía oír la conversación. No la paré, no quería ser partícipe de aquel momento que no me pertenecía.
Aún te sigo esperando.
El abrazo que se dieron me pareció eterno. Parecía que no querían soltarse. Estaban allí quietos, abrazados, bajo la luz de la farola. No les importaba lo que pasara alrededor, aquel momento era de ellos. Solo de ellos.
Después de casi un minuto abrazados, se separaron. Se miraron a los ojos y empezaron a hablar con entusiasmo. Parecía que había pasado mucho tiempo sin verse. Quizás habían quedado, pensé. 
La chica sacó un papel del bolso y apuntó algo en él. El número creo. No habían quedado en ese momento, pero lo intentarían hacer en un futuro. Aunque, extrañamente, tenía la sensación de que los dos sabían que no volverían a verse nunca más. Buenos amigos o algo más. ¿Quién sabe?  Dos personas unidas por un pasado y separadas por un futuro. 
El chico la abrazó de nuevo y la levantó del suelo. Se echaban de menos, se notaba. 
Poco después, cada uno siguió el sentido de su dirección, alejándose. De pronto el chico giró la cabeza y se quedó mirando a la chica, para ver si ésta miraba. No miró, y por ello volvió a mirar hacia delante. La chica, justo después, giró la cabeza e hizo lo mismo. Esperó para ver si él miraba, pero no miró.
Luna Plateada