-¿Cuánto tiempo llevas ahí?- preguntó ella.
-El suficiente como para ver cómo te manchabas la nariz al rascarte.- ella se sonrojó, y volvió a rascarse la nariz. Se giró y se encontró con él justo delante. Notaba su respiración, calmada, casi imperceptible.- ¿Quieres que te ayude?- Se puso detrás de ella, puso sus manos sobre los de ella, y juntos amasaban rítmicamente.
- Como sigamos amasando esto no se va poder comer –le dijo ella mientras se daba la vuelta y le manchaba la nariz con harina.
-Si es que más romántica no puedes ser. – le dijo él mientras la abrazaba contra sí y le mordía el cachete.

-¡Qué gruñona te pones cuando tienes hambre!- dijo mientras le mordía la lengua.- ¿Quieres que te ayude?- preguntó él.
-Puedes ir poniendo la mesa. Aunque me gusta tu presencia aquí conmigo. ¿Me acompañas a estar sola?
-Por supuesto; eso siempre pequeña.- Se sentó en una silla de la pequeña mesa de la cocina, y la observó hacer. Contempló sus pies descalzos, tocando aquellas frías baldosas, en pleno otoño. Subió por sus piernas, morenas de aquel caluroso y soleado verano. Llevaba un pantalón corto de deporte, y una de las camisas viejas de él. Luego olerían a ella, y eso le encantaba. Y terminó su pequeña expedición en su nuca desnuda. La seguía mirando como la primera vez, hace ya tanto tiempo. Era como si los años no hubieran pasado, como si todo fuera como siempre. Pero él sabía que no era así.
Ella tenía cicatrices, miles de cicatrices invisibles producto de la vida y el tiempo, y él también. Pero la había recuperado, y eso era lo único que importaba. Había luchado por encontrarla, por conquistarla de nuevo, por demostrarle que una vida juntos valía más que mil vidas separados. Y no pararía de luchar por ella hasta que su corazón dejara de latir. Sabía que no sería fácil, pero iba a enamorarla todos y cada uno de los días de su vida.
Hasta el final.
Luna Plateada