Al poco rato de sentarse, alguien entró por la puerta. Solo había una persona que tuviera las llaves de su casa, y ese era Él. Él es un chico que conoció por casualidad en una galería de arte, y que desde entonces habían compartido historias, libros... y cama. La chica nunca se ha puesto de acuerdo consigo misma para saber qué siente por él, pero no es algo que le quite el sueño. Simplemente, siente algo. Aunque no quiere definirlo, es decir, limitarlo.
Cada noche, a las cuatro menos cuarto de la madrugada, se reúnen en su casa para hablar. Ambos tienen problemas para dormir, y no conocen otra forma mejor para dormir que el sexo. Supongo que en el fondo, ambos anhelan cariño humano, aunque nunca lo digan.
-Buenas noches, señorita – dijo él, al entrar. La chica estaba tiritando de frío, y apenas pudo contestarle.
-Bebebebésame –dijo ella exagerando con su tartamudeo, tampoco estaba muerta de frío. El chico soltó una carcajada y se acercó a ella. La agarró en peso y la besó mientras la sostenía. Fue un cálido beso. La llevó así, sin dejar de besarla, hasta la cama, y la dejó con cuidado sobre ella. El chico le quitó la taza, bebió un poco y la dejó encima de la mesita de noche. Luego se quitó la ropa, y se metió con ella en la cama. Se dieron calor.
No sabían si era amor o no. Lo que sabían es que se tenían el uno al otro, y eso era lo importante. Lo demás ya vendría con el tiempo.
Luna Plateada


