sábado, 29 de diciembre de 2012

El calor de sus labios

Él estaba tumbado en la cama, leyendo un libro de fantasía. Ella tocó en la puerta, que estaba medio entreabierta, y pasó con cuidado. Él la miró como si estuviera viendo un fantasma, como si hubiera pasado mucho tiempo desde la última vez que la vio. Poco a poco, se fue acercando hacia él, y se sentó en el borde de la cama, mientras lo miraba fijamente. Le encantaban sus ojos. Él seguía atónito, no se lo podía creer, no era posible que ella estuviera ahí, pero cuando intentó preguntarle algo, ella le puso el dedo índice sobre los labios, y se acercó a él. Le besó cálidamente y notó sus labios impacientes, que ansiaban más y más besos, pero alejó la cara lentamente de él y le miró a los ojos. Él no entendía lo que estaba pasando, pero sabía que le gustaba eso, por eso no hizo preguntas. 


Se tumbaron en la cama, y ella apoyó su cabeza en su pecho. Notaba cómo sus latidos acelerados iban descendiendo poco a poco. Él le acarició el pelo, y eso a ella le relajaba. Al cabo de algunos minutos, ella se incorporó un poco, lo suficiente para poder mirarle a los ojos. Esta vez, él la besó, y no dejó que ella se apartara. Se echaban de menos, y se necesitaban. Los besos se convirtieron en caricias, y las caricias en calor. Ese calor humano que todos ansiamos una noche fría de invierno, o de verano, cuando nos sentimos vacíos. Ese calor que te marca la piel de los labios y que no puedes olvidar, aunque quieras. 


Sin embargo, ese calor se desvaneció de pronto. Él se despertó con el libro en el pecho, y ella, en otra cama diferente, con el ruido de la lluvia. Aún así, los dos notaban el calor en los labios. Un calor que no se iría por mucho que los dos intentaran olvidarlo.

Luna Plateada

lunes, 26 de noviembre de 2012

Colección de lágrimas

La lluvia repiqueteaba en la repisa de la ventana como si de un taladro se tratara, mientras la chica estaba sentada en el sillón. Intentaba desesperadamente ordenar sus pensamientos, una maraña de ideas y sentimientos sin coherencia. Miedo, felicidad, amor, odio, irse, quedarse. Todo se le pasaba por la cabeza mientras la lluvia ponía la música de fondo. Se levantó lentamente del sillón. Estaba en ropa interior y llevaba una manta por encima, pero aún así tenía frío, por eso se dirigió a la habitación. Cogió un sudadera que le había regalado un viejo amigo y unos pantalones de pijama. Luego volvió  al salón y miró a través de la ventana. Acariciaba el cristal frío, intentando seguir las gotas que caían. Parecían lágrimas. Lágrimas de cristal, tan resistentes y a la vez tan frágiles. Un cosquilleo le recorrió el cuerpo, y una sensación de miedo le invadió. Y en ese instante, alguien tocó a la puerta.
"¿Quién será?", se preguntó. No esperaba visita. Alguien, como si le hubiera leído la mente, gritó... "Abre, ¡soy yo!"; (siempre le había parecido estúpida esa respuesta, "yo" somos todos). La chica reconoció la voz, y abrió sin mirar por la mirilla.
-¡Por fin! Venga, vamos, tenemos muchas cosas que hacer.
-Ahora no tengo tiempo, ni ganas-dijo la chica
-Nunca tienes tiempo ni ganas.
"Cierto", pensó la chica.
-Bueeeeeno...
Y así empezaba otra conversación consigo misma. Se contaban todo, y se ayudaban. Toda ese entresijo de pensamientos se iba ordenando poco a poco.
[...]
-Entonces, ¿por qué tienes miedo? Si es lo que quieres, no tengas miedo. Deja de poner excusas.
-No es tan fácil.
-Es más fácil de lo que piensas. ¿Sabes qué? Creo que tienes miedo a ser feliz, y así no puedes seguir adelante nunca.
[...]
La lluvia paró de repente, y la chica se despertó. Estaba aturdida y le dolía la cabeza. Tanteó a oscuras hasta que encontró la lámpara y la encendió. El libro que estaba leyendo había caído al suelo y estaba abierto por la página que estaba leyendo. Le gustaba subrayar las frases que más le gustaban de los libros que leía y justo antes de dormirse había subrayado una: El miedo es la excusa para no intentarlo.

Luna Plateada


jueves, 4 de octubre de 2012

El Guardián de los Dragones

Alguien llamó al telefonillo. Eran las nueve de la noche. Dos toques, los dos toques que siempre daba el chico que le gustaba tanto. Sabía que era él, era inconfundible la manera de llamar. Se levantó del sillón y se dirigió al telefonillo y abrió sin más. Luego fue a mirarse al espejo y se adecentó un poco intentando hacerse un moño. Tocaron a la puerta y fue a abrirle, aunque antes miró por la mirilla por si las moscas. Sí, era él.

Abrió lentamente y mientras se iba escondiendo detrás de la puerta. Él no dijo nada, e intentó mirarle a los ojos mientras ella seguía escondiéndose detrás de la puerta. Pero no aguantó mucho ahí detrás y salió disparada a darle un beso y abrazarle. Luego se fijó en que llevaba algo en la mano.

-¿Y eso? -preguntó con curiosidad mientras cerraba la puerta.
- Como sé que estás enferma pues te he traído unas cosas para ver si te mejoras. - Dijo mientras se dirigía a la cocina. -Mmmm... te he traído fruta, medicamentos y algo de sopa.
-No sabía que los médicos hicieran visitas a domicilio
-Cuando se trata de pacientes especiales como tú hago lo que sea - dijo mientras sonreía a la vez que se acercaba a la chica.
-Eh eh, pero, ¡eres un profesional! No te pases de confianzas- dijo ella mientras se reía
-¿No me vas a dar ni un beso? - dijo él mientras ponía una cara triste
-Claro que no, lo que falt...-antes de que ella pudiera acabar la frase, la besó.
-Cuando te pones enferma no hay quien te aguante, hablas por los codos - dijo él entre beso y beso. Ella le respondió mordiéndole el labio inferior. Un fea manía que tenía desde hacía mucho tiempo.

Poco después, le hizo un zumo de naranja, le dio la medicina, la obligó a ponerse el pijama y después la acompañó hasta la cama.


-¡No tengo sueño!-protestó ella, pero él no le hizo caso. Ella se resignó y se dejó arropar. -Vale, pero me lees un cuento.
Él ya sabía que a ella le encantaban que le leyeran un cuento, estaba acostumbrada a sus rasgos de niña pequeña y por eso no preguntó. Simplemente se levantó y fue a coger un cuento.
-Aquí solo hay un cuento.
-Ya lo sé, ese quiero que me leas. Era mi favorito.
-Pero, ¿otra vez?
-¡¡Síiiiiii!! Por fi...
-Vale vale, te leo el que quieras- le ponía feliz verla a ella así.

Empezó a leerle aquel cuento de fantasía sobre dragones. Él no tuvo que leer mucho, porque a las dos páginas la chica ya se había dormido. La contempló en silencio, notaba que le costaba respirar y le acarició la frente. Tenía un poco de fiebre. “Buenas noches pequeña” Le susurró y luego le dio un beso en la mejilla. Apagó la luz y cerró la puerta.

“Buenas noches pequeño” - dijo ella en bajito.
Luna Plateada